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viernes, 21 de agosto de 2015

Maletas, mochilas

Arriba, abajo, siempre viajando. Entre el arraigo profundo de una ciudad que has aprendido a querer y el deseo constante de aterrizar en un nuevo lugar. ¿Hasta dónde llega esa inquietud abrasadora? Piensas y de repente te preguntas si echarás raíces aquí, si esta ciudad dará tanto de sí, una ciudad agotadora e insaciable como tú, que sin embargo a veces pesa. Te agota incluso la inspiración, esa que siempre andas buscando, pero que se ha quedado aletargada, como si se hubiera refugiado entre el polvo de recuerdos infinitos. Te pesa cuando pasan los días y te das cuenta de que abarcarla es imposible, porque quizá necesitas un nuevo aire para desempolvar el color de lo que tienes delante. Quizá nunca tuviste tanto, pero sigues queriendo lo que te falta. 

Te pesa. Te agarra y te pide aire. La curiosidad infinita que te acecha te apremia a levantarte y a abrir un nuevo camino. Porque has pasado más horas en un aeropuerto que en el metro, porque hacer maletas te emociona. Deshacerlas a veces te estremece: has tenido la suerte de encontrarte bien siempre allá donde fuiste y no te gustan las despedidas. Siempre te debates entre las ganas de volar y el buen sabor que te dejó ese lugar, lo que viviste, la gente que conociste. 

Es una inquietud sana, sin miedo. Simplemente un escalofrío que te recorre el cuerpo inquieto, ávido de viajar. Y entonces sabes que debes seguir, hacer la maleta de nuevo. Seguir llenando la mochila. Porque tu corazón está lleno, pero lo estará más si vuelas de nuevo. 

viernes, 8 de mayo de 2015

Puro arte

                                                    Sábado 25 de abril de 2015, Feria de Sevilla. © MFE

Jinetes erguidos, mujeres vestidas, la herradura del caballo golpea fuerte en un camino de tierra. He aterrizado ahí casi por arte de magia, sin pensarlo, sin saberlo. Todo empezó una tarde de enero, con las ganas de visitar a nuestra buena amiga y su marido, trasladados temporalmente a Sevilla. Y, no sé cómo, me vestí de rojo y blanco. Me dejé vestir, una tarde de marzo, y amanecí prácticamente vestida esa mañana de sábado de abril en la capital andaluza. 

Salir a la calle. Me golpean toneladas de luz y soy un anacronismo más en esta ciudad llena de luz y color, en la que siento que viajo en el tiempo. Una ciudad que me impactó cuando la vi por primera vez hace un año y en la que, por alguna extraña razón, había puesto pocas expectativas. Me sentí muy afortunada de tener a un cicerone conmigo aquella vez, que me llevó de noche por la Giralda, la Plaza del Salvador y una taberna añeja en el barrio de Santa Cruz donde probé un traicionero y alegre vino de naranja. 

Rumbo a la feria. Autobús, más color, más sabor y todo cobra sentido al llegar a esa imponente “portada” que custodia las más de mil casetas de la enorme Feria de Sevilla, un recinto mastodóntico en el que me hubiera perdido de no ser por la magnífica disposición de mis generosos amigos, guías ejemplares, anfitriones de lujo, que desde el primer rebujito que me regalaron en mano me invitaron a formar parte de la película como un personaje más. Así me sentí al atravesar la portada. Por fin ese vestido rojo y blanco cobraba sentido, por fin me hallé en él, con los consejos maestros de Lucía, que si la flor por aquí, que si el pelo por allá y olvídate de tacones, "porque un día en la feria es más largo que una jornada laboral". Me hallé en ese decorado de cartón piedra, plagado de coches de caballos de día, de luces de noche, y sevillanas las veinticuatro horas, con intentos frustrados de bailarlas por mi parte. Eso ya es otro cantar. Al fin y al cabo, para hacer de figurante no hace falta. El papel principal está reservado a los sevillanos, de cuerpo y alma, que viven la feria desde lo más profundo, con una jovialidad contagiosa y un control de la apariencia que asusta. Y el día acaba casi catorce horas más tarde en lo alto de una noria, en lo alto de la feria, con una pareja que nos invita a una última copa de vino en las alturas. Mágica feria, mágica Sevilla.


miércoles, 25 de febrero de 2015

La paella infalible en Barcelona



El tiempo pasa, pero hay cosas que siguen igual. No recuerdo cuando fue la primera vez que fuimos, pero se ha convertido en nuestro sitio de cabecera. Degustar una paella en el Xiringuito Escribà es un plan que, caiga quien caiga (invierno, otoño, primavera o verano) nos espera cuando nos reunimos. 

Mucho ha llovido en la vida de todos desde la primera vez. Amores, desamores, parejas y un niño precioso, que nos acompaña, esta vez. Un nuevo miembro en la familia, que se ha integrado a la perfección, casi sin rechistar, lo justo para reivindicar su sitio en la mesa, tirando servilletas, pero pidiendo a borbotones nuestras sonrisas, con la suya propia, que destila una inocencia infinita. Ya le queremos. Ya es parte de la familia. 

Más allá de lo que supongan esas comidas, una cita ineludible, el placer de recordar miradas cómplices de la familia que un día fuimos y aún mantenemos unida, a pesar del tiempo, las distancias y la madurez, este restaurante es una apuesta segura si uno quiere disfrutar de una buena paella en Barcelona. En la playa de Bogatell, entre restaurantes atrapaguiris y fotos de “el paellador”, este es uno de los preferidos de los locales, de la gente “de casa”, con una cocina abierta al público, un cuidado servicio y -lo mejor- a escasos metros del mar. Recomendables los chipirones a la andaluza, receta especial de la casa, y el arroz, en cualquiera de sus versiones. Pueden servirte las raciones en los platos pero lo mejor es comerla con las cucharillas de madera que nos sirven con la paella y disfrutar el socarrat en caliente, directamente de la paellera. Y dejen sitio para el postre: el dueño es de familia pastelera y nos traerá la infalible bandeja para que nuestros ojos, que no nuestro estómago, elijan uno de sus deliciosos dulces y sucumbamos al placer de disfrutarlos. Bon appétit!


martes, 17 de febrero de 2015

Diez planes para 'foodies' en París

                                                      Vista desde Montmartre. Abril de 2008.

Es esa ciudad a la que nunca me canso de volver. Cada viaje es una experiencia única. Cada cierto tiempo, algo suena en mi cabeza y me dice que tengo que ir, de nuevo, a París. Sin querer, se ha convertido en un deseo irreprimible, un vicio, tal vez, teniendo en cuenta lo grande que es el mundo y los muchos lugares que hay que ver. Pero me gusta adentrarme en ella poco a poco, volver a casa con la sensación de que París es, un poco más, mi cómplice. A muchos les costará creerlo, pero yo me siento como en casa. Cuando pongo un primer pie en sus calles me recorre un escalofrío muy difícil de describir, quizá por los recuerdos de los viajes pasados o porque hay mucho de Francia en mí, aunque su pueblo (y en concreto los parisinos) sea, de lejos, el más odiado del viejo continente. Me emociono cuando veo las buhardillas de pizarra, la plaza del Hôtel de Ville, el Pont Neuf, la Place des Vosges o el Boulevard Saint Germain. Y, lo mejor, me es muy difícil elegir un rincón, una imagen, mi lugar especial. Cada uno lo es, y puede serlo de muchas maneras para otros.

Por eso creo que las listas son odiosas. Cada cual tiene que coleccionar sus propios rincones, buscarlos o improvisarlos. Aun así, las recomendaciones nunca sobran, así que me he puesto el reto de recoger diez experiencias con un toque foodie, recopiladas de cada uno de mis viajes, con las mejores de las compañías, desde el primero que hice con mi padre en 1999. También con la ayuda de otros cómplices y amigos que viven allí, estos lugares formarán para siempre parte de mí, y de mi particular romance con París. 

La ciudad tiene tantos atractivos que lo mejor es no dejarse intimidar por la necesidad de ver y, simplemente, dejarnos llevar y disfrutar de lo que nos encontramos. Además de estas propuestas, este es el mejor consejo que puedo dar si vas (o vuelves) a París: pasea, pasea y vuelve a pasear; apóyate en los puentes y mira el horizonte; contempla la elegancia de las avenidas; la diversidad de su gente; adéntrate en los jardines de Luxembourg; piérdete por las calles del Marais, siéntate en una terraza y deja el tiempo pasar. La postal será tuya para siempre.

1. Endulzarte con un macaron en La Durée
                                                 Té y macarons en La Durée. Abril 2014.

Es uno de los primeros salones de té de París, donde las mujeres se reunían libremente para charlar. Todo empezó en 1862, cuando Louis Ernest Ladurée creó una boulangerie en la Rue Royale. Tras un incendio se transformó en pastelería, que posteriormente sería un salón de té, a petición de la mujer del propietario. Bendita adversidad, que propició la que hoy es una de las cunas del "macaron", uno de los dulces más sofisticados con sello francés. Bocados de colores que se pagan a precio de oro en grandes cantidades, aunque merece la pena darse un capricho en este lugar. Sentarse, pedir un té escrupulosamente servido en plata, y detenerse a contemplar los frescos del techo, mientras los turistas entran y salen y los parisinos desfilan sin detenerse ante un escaparate de pirámides dulces. Sin duda reclamo para el guiri cansado, pero merece la pena y promete regalarnos un viaje en el tiempo...

La Durée, 16 Rue Royale.

2. Les Enfants Rouges
En uno de mis barrios favoritos, el Marais, se esconde uno de los mercados con más sabor de París. Es el Marché des Enfants Rouges, donde los pequeños puestos de fruta conviven con los de comida internacional, regentados por cocineros locales. Desde China, al Líbano pasando por Italia o Etiopía, la variedad de sabores es infinita. Un buen lugar para pararse a comprar o, si no queremos cocinar, degustar un buen plato de comida caliente a buen precio. También tiene algún pequeño bar, donde se puede comer o cenar. Por la noche hay ambiente para tomar una cerveza o una copa de vino al aire libre, incluso con frío, con la ayuda de mantas y antorchas.

Marché des Enfants Rouges, 39 Rue de Bretagne.

3. Mariscada a la francesa en el Barrio Latino
                                                     Mariscada en Bar à Iode, Abril 2014.

La idea de comer ostras en París podía sonar demasiado atrevida para mi bolsillo hasta que mis amigos Sonsoles y Alex, francés y afrancesada, foodies los dos, me recomendaron uno de los secretos mejor guardados del Quartier Latin Parisino. Se llama Bar à Iode, y puede pasar fácilmente desapercibido ante el turista. Con una decoración marinera y sencilla, nos traslada a un pueblo de pescadores de la costa francesa, de norte a sur, con una gran variedad de ostras y mariscadas a buen precio. Además, el vino se cobra a tarifa de bodega. Un sitio para repetir.

Bar à Iode, 34 Boulevard Saint-Germain.

4. Café de la Paix
En mi primera visita a París, con solo 11 años, me quedé boquiabierta al entrar en este café. Es uno de los más antiguos de la ciudad, y considerado monumento histórico por el Gobierno Francés. Una obra de arte frente al edificio de la Ópera Garnier, en una de las zonas más refinadas de la ciudad. Por su proximidad con el templo de la lírica, ha acogido siempre a clientes famosos, desde Émile Zola o Guy de Maupassant hasta el príncipe de Gales. Entrar en él es viajar en el tiempo, pero tomar algo en su terraza también puede regalarnos una imagen inolvidable. Lo pagaremos a precio de oro, pero podemos estar horas viendo el tiempo pasar. 

Café de la Paix, 5 Place de l'Opéra

5. Un menú Michelín a precio de bistrot


Merluza con trigueros de Septime. Abril 2014.


Entrevisté a Bertrand Grébaut en una feria en Madrid y en seguida sentí curiosidad por probar su cocina. Treintañero, moderno y muy agradable en el trato, no oculta ser un urbanita, parisino hasta la médula, aunque crítico con su ciudad, fascinado por las materias primas y el campo. De esa ecuación nació hace tres años Septime, ubicado en una calle poco transitada de París, en el onzième, que se coló entre los cicnuenta mejores del mundo y acaba de estrenar su primera estrella Michelín. Tiene un menú de mediodía por 28 euros, que sólo se puede ir de las manos con un exceso en el champagne, aunque incluso en ese caso merecerá la pena. Boquerones, magret, espárragos con salsas impecables y toques crujientes, helados de flores insólitas o quesos franceses. Platos muy frescos y creatividad a flor de piel, con una decoración austera, rústica, que nos hará sentir como en casa, y un servicio impecable.

Septime, 80, Rue de Charonne. 

6. Un té en a la menta en la mezquita
Una de las maravillas de París es la diversidad de gentes, religiones, colores y orígenes que podemos encontrar en sus calles. Además del barrio judío, donde los comerciantes hebreos conviven con tiendas de chinos o locales, uno de los lugares donde más podemos apreciar esta riqueza es en la Mezquita. Una vez, mi amigo Edu me llevó allí a tomar un té a la menta con piñones. También hay restaurante, abierto desde mediodía hasta por la noche, donde podemos degustar un buen cuscús o tajine de cordero a buen precio. Una oportunidad para hacer una parada técnica, en el entorno de la zona universitaria, y disfrutar de la arquitectura hispanoárabe del templo musulmán más grande de Francia. Además del salón de té hay restaurante, sala de oraciones, escuela y biblioteca. 

Mosquée de Paris, 39 rue Geoffroy Saint-Hilaire.

7. Rendirse al arte de los boulangers
Entrar en una boulangerie francesa quizá sea una de mis mayores perdiciones. Hay más de 30.000 en todo el país, 3.000 de ellas concentradas en París. El oficio de boulanger es hoy una profesión muy valorada, aunque muy esclava. Cuesta resistirse al olor de la baguette recién hecha. Prohibido comprar pan fuera de ellas. Cuando presiones la barra y escuches el crujido de la corteza no podrás evitar llevarla como un auténtico parisino. Compra un buen queso, un buen vino y disfrútala. Más allá de la baguette, no concibo un viaje a París sin una tartelette aux fraises o, en su defecto, aux framboises. Son muy delicadas, pero alguna vez he comprado una a última hora para degustarla en mi espera en el aeropuerto. Sí, son bombas calóricas, pero... ¡Tienen fruta! Hace un tiempo me llevé una grata sorpresa en la pastelería Moulin Chocolat, una de mis favoritas de Madrid, en la puerta de Alcalá. No es París, pero... Saben casi igual de bien.

"París, la cuna de la baguette", EFETUR.

8. Cenar en la Rue Mouffetard
Mi primera cena en la Rue Mouffetard fue muy especial. Me entristece que el restaurante, Aux Trois Petits Cochons, cerrara para cambiar de ubicación (ahora está en Montmartre, pegado al metro de Abesses), pero me consuela saber que aquella cena se quedó congelada para siempre. En realidad, elegimos aquel restaurante por recomendación, pero lo verdaderamente imprescindible es pasear de noche por esta calle literaria del cinquième de París, una de las más vivas de la ciudad. Está poblada de restaurantes y cafés, también tiendas y mercados donde perderse entre charcuterie, viennoiserie y buenos quesos. Una wonderful narrow crowded market street, como la describía Hemingway en "A moveable feast", que regala aromas y rincones inolvidables. 

9. Saborear una buena crêpe
Prohibido sucumbir a uno de esos puestos de crêpes pegados a Nôtre-Dame o a la Tour Eiffel. Para algo hay algo en París llamado crêperies, donde con más dificultad nos darán gato por liebre. Eso sí: hay que saber buscarlas. Una de las mejores que he probado fue la de Le Sarrasin et le Froment. Después de buscar un buen rato por l'Île de Saint Louis, sin dejarnos llevar por el mal del turista -el hambre repentina que te entra después de horas de caminata y que provoca que sucumbas erróneamente al primer lugar que se topa en tu camino, con la posterior clavada y sensación de "qué mal hemos comido pero qué hambre teníamos"-, encontramos este lugar que tiene el equilibrio perfecto entre calidad, precio y una buena ubicación, para hacer una parada, rendirse al dulce o al salado -o a los dos- y seguir disfrutando de la ciudad. Mi perdición: las de jamón, queso y champiñones, las de manzana con canela y, para los más golosos, banana y nutella.

Le Sarrasin et le Froment, 84-86 rue St-Louis-en-l'Isle

10. Hacer un picnic en les Tuileries
                                                            Jardin des Tuileries, abril de 2011.

Una de las cosas que más me llamaron la atención en uno de mis viajes a París es la capacidad de los parisinos para hacer chic hasta lo más banal. Si tenemos la suerte de que París nos premia con un día de sol en primavera, no lo olvidaremos jamás. En uno de esos días de sol de abril, nos perdimos en un paseo por les Tuileries, otro de mis lugares favoritos. Niños, mayores y jóvenes pasaban la tarde en esas sillas de acero verde que rodean las fuentes de los jardines. Otros, sentados en el césped, leían o dormían, y de repente dos chicas se sentaron y sacaron sus dos copas de champagne, con la correspondiente botella, y unos cuantos cuencos que fueron rellenando de tomates cherry, queso cortado y crudités. Un picnic de media tarde, muy estiloso y de lo más apetecible.

                                                                         ****

Por casualidad, casi todas las veces que he ido a París, menos por trabajo, ha sido en abril. De algún modo para mí abril es París, un mes en el que he visto la ciudad con mil y un colores. Con sol y lluvia, con frío o incluso calor -recuerdo estar a 27 grados en los jardines del Museo Rodin-.

Para mí, París es belleza, pasión, grandeza y muchas más cosas. Cultura, vanguardia, libertad... Perderse en ella y descubrir sus maravillas provoca un gran placer y una irrefrenable necesidad de volver. Porque en París, lo más hermoso puede estar en lo más simple.

martes, 27 de enero de 2015

La riqueza de lo diferente

Muchos jóvenes de nuestra generación hemos nacido con el deseo irreprimible de viajar. Viajar hasta la saciedad, quemar el mundo, pisar las ciudades con la sensación de que somos parte de ellas. No somos un turista más. Descubrimos la cultura local, hablamos el idioma -o lo intentamos-, nos mezclamos con su gente y volvemos a casa con la maleta a rebosar. Si olvidáramos que salir fuera ha sido para muchos una necesidad, nos daríamos cuenta de que, a menudo, hay una causa mucho más fuerte que nos empuja a hacerlo: conocer, sumergirnos en lo desconocido, en lo diferente, para construir el puzle que compone nuestra identidad en esta sociedad atomizada. 
                                                        Viajeros esperando maletas.  Foto: 0034

Al final, mucho de lo que somos son nuestros viajes y nuestras vivencias. Cualquiera que haya vivido fuera coincidirá en que esas vivencias pueden ser más o menos duras, pero siempre serán -seguro- imborrables. Cambiarán para siempre nuestra forma de viajar -no soportaremos un hotel si podemos dormir en el sofá cama de un amigo, ni abriremos una guía si tenemos ese valioso e-mail de quien comparte con nosotros sus lugares vividos- . Nos acompañarán para siempre en nuestros pasos, nos harán más sabios, pero también más ignorantes -The more i learn, the less I know-; nos enseñarán la riqueza de lo diferente y darán, por fin, sentido a las decisiones, impulsivas o meditadas, que nos han llevado a estar ahí, en ese lugar y en ese momento. 

No, no hablo de espíritu aventurero, como diría aquella. Es, simplemente, una necesidad emocional, e intelectual, a menudo provocada por la frustración de no ver el fruto de nuestras aspiraciones, de buscar fuera una vía para cumplir nuestros sueños, sin renunciar a lo que somos y acumulando sensaciones, con la esperanza, de volver, algún día, con esos sueños cumplidos, o -si volvemos- con las herramientas para cumplirlos en casa. Alguien me dijo que nuestra generación tiene "poca tolerancia a la frustración"; creo que, precisamente, si algo hemos demostrado es nuestra capacidad para plantarle cara, invirtiendo nuestro tiempo, energía y dinero en poner a prueba nuestros sueños y proyectos.

Prueba de todo esto es "0034 Código Expat", un proyecto que verá pronto la luz, bajo el paraguas de El País, impulsado por mi amiga y compañera Nina Tramullas. Es un proyecto al que tengo cariño antes de ver sus frutos y en el que sé que me voy a ver reconocida, igual que muchos amigos y compañeros. Os recomiendo que pongáis su página en vuestros favoritos: en ella podremos encontrar recursos para hacer nuestra estancia de expats más llevadera o quizá una herramienta para superar la nostalgia de ex-expats. En ellos también me incluyo, sin saber si, algún día, volveré a estar en el otro lado, intentando, como dice Nina, "mantener un equilibrio entre el amor por descubrir una cultura diferente y la conservación de costumbres propias". 

Aviso para navegantes: esta búsqueda tiene consecuencias. Ahora no soporto la carbonara con nata, repudio a quien dice hablar perfecto italiano sin conjugar un verbo irregular, me emociono cuando escucho a De Gregori y leo los periódicos italianos como si, de algún modo, su política fuera un poco la mía. Es parte del encanto de vivir fuera: desarrollamos un amor antes adormecido por las cosas maravillosas de nuestro país, que al volver tiene que lidiar con la nostalgia de lo bueno que vivimos, con aquello que fuera sí existe y en España es impensable, y nos damos cuenta de que, en realidad, el lugar perfecto no existe. 

Sólo queremos encontrar el nuestro.



                                  El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Foto: 0034





sábado, 24 de agosto de 2013

Luces, cámara y acción: la ciudad de los sueños


Llegar a Los Ángeles en coche desde San Francisco nos permite saborear cada instante del paisaje. Después de disfrutar del road trip, la mítica playa de Santa Monica nos espera para la puesta de sol. Dejamos atrás las impresionantes casas de Malibú para pasear entre las casetas de los vigilantes de la playa. Cierro los ojos y veo las imágenes de esa serie que me acompañó durante tantos veranos. Supongo que será común en los europeos sentir que al pisar esta tierra uno entra en otra dimensión. La realidad y la rutina quedan muy lejos, suena la claqueta y empieza el espectáculo. Tantas películas, tantas series, anuncios... Muchas imágenes nos han llevado a la noria de esa playa, y si no, nos lo ha contado algún español o madrileño por el mundo. 

Aun así, uno se sorprende. Puede que haya cambiado mucho la forma de viajar y que mucha autenticidad se haya perdido por el camino. Pero, si uno se lo propone, es posible recuperar la esencia por otro lado. La alternativa al hotel, quedarse en casa de un local, es perfecta. En Los Ángeles, como en Berkeley, la suerte me regala la amabilidad de los locales para sentirme como en casa. Anthony nos espera, con su casa ajardinada, tan bonita que nos parece de película y miramos dos veces el mapa pensando que nos hemos equivocado. Nos recibe en un barrio residencial, lejos del conflictivo downtown, cerca de Hollywood y de los comercios. Es muy común entre los jóvenes americanos subalquilar alguna de las habitaciones de su casa por periodos cortos. Nuestros hosts, al menos, disfrutan mucho enseñándonos la ciudad, y así, -dicen- salen un poco de la burbuja que es Los Ángeles.

Todo en esta gigantesca ciudad gira en torno al cine. Si creía que era un tópico, me equivoqué. Cada día vienen cientos de jóvenes buscando una oportunidad en el mundo del celuloide, generalmente  con ansia de fama y dinero. Casi siempre, con un billete de vuelta. Adam trabaja en el bar de Leonardo Di Caprio. Fueron al mismo instituto. La novia de su hermano fue asistente de Penélope Cruz. El padre de Anthony diseñaba decorados para la Metro Goldwyn Mayer. Todo sabe y huele a cine. Y la ficción se hace realidad. El interminable atasco se esfuma cuando nos damos cuenta de que el conductor del coche de enfrente es Matt Damon.

Los Ángeles es una locura. Dicen que la amas o la odias. No hay término medio. Hace falta coche para moverse a cualquier lado y conducir con cien ojos. Los intermitentes simplemente no existen para los angelinos, las avenidas son anchas y cambiar de carril es un infierno. No se puede pasear fuera de los barrios residenciales. Pienso que no me costaría nada acostumbrarme en una de esas casas de Beverly Hills, que me dejan con la boca abierta. Al final, uno consigue llegar al destino, a la hora prevista y con la energía de la primera toma. Subimos al Griffith Park, cinco veces más grande que el Central Park de Nueva York. Llegamos hasta el observatorio, a lo alto de las colinas de Hollywood. Me paro, veo el skyline de la ciudad a un lado, y las famosas letras de Hollywood al otro, que nacieron como un reclamo publicitario para un barrio residencial, se cayeron a trozos, y hoy son un icono cultural americano protegido por una asociación sin ánimo de lucro. Cosas de cine.

Vamos al paseo de la fama, pisamos las huellas de las celebrities en el teatro chino. Desde 1960 más de 24.000 artistas se han hecho con una estrella de mármol rosa. Vemos el Kodak Theatre, que ahora es el Dolby, mientras la empresa de fotos intenta resurgir. No hay alfombra roja, solo un centro comercial. Quizá la parte más decepcionante del viaje. Nos espera Venice Beach, esa playa donde todo puede suceder, resquicio neo hippy, bohemio, grotesco, un paseo entre la más diversa fauna humana, entre encantadores de serpientes, cantantes trasnochados y exhibicionistas Schwarzeneggers que se entrenan en Muscle Beach, el gimnasio al aire libre que puso de moda el actor de Terminator. La noche acaba en un mexicano con buenos tacos y buenas margaritas, entre partidas de poker y música de Michael Jackson. Al día siguiente, los estudios nos esperan para rodar la próxima secuencia. Un día de ensueño entre decorados de cine, simuladores de películas de ficción y la experiencia única de vivir la fantasía de formar parte por un día de esta gigantesca industria, de una máquina perfecta de fabricar y hacer realidad sueños insólitos.

miércoles, 7 de agosto de 2013

The fine art of Wine Tasting


Ciudad, mar, naturaleza. Mar, tranvías y otra vez mar. Naturaleza, robles y humedad. California tiene 58 condados con una diversidad paisajística y climática inabarcable. Desplazarse veinte kilómetros puede significar un trasvase térmico de hasta veinte grados, y también un cúmulo de sensaciones ópticas indescriptibles. El paisaje regala decorados infinitos, lagos, valles, montañas y una rica vegetación que te hace abrir los pulmones hasta el más allá y olvidar que hace menos de diez días tus pies pisaban el asfalto madrileño. 


Después de un día agotador en San Francisco, cenamos y nos fuimos a pasar el día al Valle de Napa. Ya había oído hablar de California y sus viñedos. Muchas bodegas de todo el mundo se han desplazado a este lugar para ampliar su negocio y abrirse paso en el enoturismo, por ejemplo las españolas Torres, que eligieron en los ochenta este lugar del norte de San Francisco por su privilegiada brisa y su niebla marina. Además de su producción vinícola, el espacio sirve para la difusión de la cultura culinaria española y catalana, sin faltar esos shows de flamenco tan apreciados por los turistas yankees... 
Dejamos atrás la ciudad y nos adentramos, carretera y manta (no más de trece grados en San Francisco), en un bosque de robles centenarios. Las bodegas se suceden. Hay más de seiscientas, que reciben cada año a cuatro millones de turistas, compitiendo con Francia. El viaje nos invita a perdernos por las carreteras secundarias, sin saber adonde ir, sin rumbo fijo. Lo mejor de los viajes es cuando uno pierde la noción del tiempo y se deja llevar.
Aterrizamos en Jamieson, un antiguo rancho español en el que parecen saber mucho sobre el refinado arte de catar vino, aunque llamen ¨pínou¨ a la elegante ¨Pinot Noir¨.


Incluso para los que no sabemos de vino, disfrutar una buena copa con el sonido de una cascada y el vuelo de las águilas sorteando el valle es una experiencia única. Napa es una reserva natural de California, llena de negocios familiares, aunque la perfección de su paisaje revela que es también una de las zonas más caras para hacer vino. No es casualidad que sus caldos estén entre los mejores del mundo. 

Salimos de Napa y subimos hasta Sonoma, Santa Helena y Calistoga. Aquí es época de bodas, nos encontramos con más de una en los recónditos castillos. En algunos, el turismo es una maquinaria que funciona a la perfección, aunque en ocasiones se pierde la esencia de la exclusividad que el lugar pretende ofrecer.  Napa también se puede conocer en avión, en globo o en tren. Muchos domingueros sanfranciscanos deciden perderse por la zona en coche, con largas colas en la carretera de vuelta. 

Por eso seguimos perdiéndonos entre el paisaje. Nos encontramos de frente con el excéntrico Castello di Amorosa, una construcción de coste estratosférico, impulsada por un millonario italiano.

El castillo tiene solo veinte años, pero todos los detalles trasladan a la época medieval. Se puede pasar la noche por un módico precio de 1.500 dólares.

  
Caen treinta grados en Napa. El coche nos lleva a cenar al centro de Sonoma, a un café muy chic que quiere tener sabor a Italia, aunque las tostadas de pan se sirven con mantequilla. El vino magnífico, claro. Volvemos despacio, sin prisa. Berkeley nos espera, después de un pintoresco roadtrip, con su niebla, su brisa y sus trece grados.

Lemon Tree


Despliego la persiana de mi habitación y abro la ventana. Huele a romero, a eucalipto y a limón. Suele estar nublado en Berkeley, por la mañana, pero a mediodía se abre el cielo y sale el sol. Al parecer las corrientes del Pacífico en la Bahía de San Francisco producen n clima muy particular en la zona, hacen que el verano no llegue realmente hasta septiembre-octubre y que el vapor del agua se convierta en una intensa niebla, baja, a menudo incómoda y fantasmagórica. Cuando la niebla desaparece la sensación térmica mejora y los días pueden ser simplemente maravillosos.
 
Cuando llegué aquí ya sabía que California es América, pero solo una parte, y una parte muy particular. Por eso decidí a conciencia, o por casualidades de la vida, que mi primera experiencia on american soil fuera en este rincón del país. Qué mejor momento para cumplir el sueño de pisar Berkeley, donde precisamente había un curso relacionado con la alimentación y sus implicaciones sociales, políticas y económicas, un tema que ha despertado mi interés en los últimos tiempos y al que tengo la suerte de dedicarle tiempo en el trabajo, aunque no siempre con la perspectiva suficiente.  

Berkeley es la cuna de lo que hoy se conoce como "Califiornia Cuisine", un movimiento que nació en su prestigiosa universidad en tiempos de cambio y de revueltas de la mano de Alice Waters. En 1971, esta joven estudiante, que también sería activista, restauradora y chef, volvió de un intenso viaje a París impactada por la filosofía culinaria francesa, y decidió trasladarla a la Bahía de San Francisco. Abrió Chez Panisse, hoy considerado el mejor restaurante de Berkeley, e inició un movimiento de defensa de la producción local, de los pequeños agricultores y de la cocina simple y fresca. Hoy sus discípulos están repartidos por toda California, y no es difícil encontrar restaurantes con esta línea culinaria, que defiende también la producción orgánica y la diversidad de las cocinas regionales. Más allá de su restaurante, Waters lidera la corriente americana del movimiento Slow Food, que nació en Italia en los ochenta como respuesta a la globalización de la cocina y la consiguiente pérdida de raíces e identidades culinarias locales. 

Tuve la ocasión de entrevistar a Waters en una feria en Roma. Entonces no tenía ni idea de que iba a aterrizar en su ciudad. La arraigada ¨conciencia alimentaria¨, de la comida sana, es una excepción americana en California. No conozco otros Estados, pero es cierto que esta parte del país, y Berkeley en concreto, fulminan rápido la imagen que hace de América un sinónimo de Fast Food. Cada día, en alguna parte de Berkeley, hay un ¨Farmer´s Market¨ en el que pueden encontrarse vegetales frescos, leche recién ordeñada o mantequilla natural, sin ningún tipo de conservante añadido. En los supermercados hay una amplia oferta de productos orgánicos, huevos de varios tipos, de gallinas felices, libres, no enjauladas, no estresadas (algunas etiquetas utilizan este término) y capaces de poner huevos conmilyunapropiedadessaludables. 

Sorprende ver lo muy en serio que se toman la alimentación en los menús de los restaurantes, donde es habitual encontrar ofertas para celíacos y otros tipos de alergias y con una propuesta sorprendentemente internacional. En mi propia calle hay al menos dos restaurantes etíopes, un argentino, un brasileño, un mexicano, un tailandés, un vietnamita y un nepalí. La mezcla es explosiva y reflejo de una potente sensibilidad de los californianos por los aromas y los sabores. Por supuesto, en cualquier supermercado se pueden encontrar los ingredientes necesarios para elaborar cualquiera de estas cocinas. También es frecuente escuchar entre los lineales a padres que explican cuidadosamente a sus hijos de dónde viene lo que comen. 

Berkeley, poblada de limoneros y romero, es también cuna del movimiento ¨Edible Cities¨, (ciudades comestibles) que busca aprovechar todo lo que la ciudad nos puede dar y potenciar la utilización de espacios urbanos para cultivar alimentos. Buscar comida entre las calles de la ciudad es una práctica habitual en muchos hogares, sin importar el estatus ni la clase social. 

¿Por qué pagar por un limón cuando tu propia calle te lo puede ofrecer? Abro la ventana de mi cuarto y me hago la pregunta, pero algo me impide alzar el brazo y apropiarme del precioso Lemon Tree que me da los buenos días cada mañana. 

Barreras culturales, who knows... 


martes, 6 de agosto de 2013

Welcome to America


Querido blog,

No me he olvidado de ti. Por fin encuentro el tiempo y el lugar para decírtelo. Han hecho falta más de dos años, 9.312 kilómetros, viajes y casi veinte horas de vuelo para encontrar un lugar no solo lo suficientemente inspirador como para lanzarme a escribir sino también tranquilo, sereno, despierto y vivo.

Tengo que reconocer que mi imagen de Estados Unidos era, antes de poner un pie en el país, una absoluta arquitectura imaginaria e inconexa construida a través de películas, canciones, libros y series de televisión. El narcisismo europeo, o nacional, nos impide a menudo trasladarnos a la verdadera esencia de otros lugares, que construimos con el filtro de nuestra propia identidad. Así que, antes de volar a Philadelphia, intenté hacer un ejercicio de limpieza mental y emocional para percibir todo de la manera más pura y limpia posible.

Llegué a Berkeley cinco horas más tarde de lo previsto, a causa de unas inundaciones al parecer inéditas en el aeropuerto de Pensilvania, que me dejaron sin maleta durante cinco días y prácticamente sin ropa cuando logré tener contacto físico con la misma, porque todo llegó a mis manos en mal estado. América me dio la bienvenida peleándome con una compañía aérea y con la sensación de que la democracia más próspera del mundo es una falacia.

                                                      Rainfalls in Philadelphia Airport.
               
Una vez recuperado el aliento y aún con cierto jet lag (según los psicólogos es habitual que se prolongue una media de dos semanas), me lancé a exprimir The Bay Area. Antes, mis anfitriones me regalaron una cena totally american, en compañía de sus hijos y amigos, un grupo de jóvenes americanos de los que aprendí que las mesas yankees están abiertas a todo tipo de conversaciones, tan banales como intensas, en torno a la espiritualidad, la cultura o los instintos más puros, y que compartir un meal es mucho más que sentarse a comer.

Estuvimos varias horas cocinando enchiladas (la cocina mexicana es parte de California, por la influencia de la inmigración y la proximidad geográfica), escudriñando términos culinarios en español e inglés, compartiendo viajes, palabras, vivencias y esas imágenes que todos construimos del otro. Algunas coinciden con la realidad, otras, no tanto.

De pronto me encontré con cinco personas, alrededor de una mesa, cortando pimientos, hirviendo arroz y sumergiendo tortillas en una sabrosa salsa a base de chile que bañaría después el delicioso plato mexicano. Todo a una velocidad de vértigo, nadie paraba en la cocina, aunque el trabajo era perfectamente compatible con el disfrute de una copa de vino o una cerveza. Una cadena perfecta para ¨construir¨ ese bien común que iba a ser compartido después, con total éxito de crítica y en gran compañía. En plena cena iba llegando gente y más gente, cada vez estábamos más apretados en la mesa, pero eso me hizo sentir una agradable sensación de calor hogareño.

Al día siguiente, Rob y su hijo, Sam, tenían que conducir catorce horas hasta Seattle, donde iban a acampar el fin de semana, así que la sobremesa no se prolongó más allá de medianoche. Tres nacionalidades juntas. Europa y América unidas por una mesa, por una buena comida y una buena charla. Esa noche empecé a sentirme como en casa.

sábado, 14 de agosto de 2010

Claroscuro

Entre calor de espanto y escapadas, un viaje en el tiempo. Una ciudad que disputa su belleza con la dejadez. Nápoles. Me encontré en ella con el impacto de una primera imagen: la plaza de la estación. Revuelo de obras, tráfico, caos y mercados ambulantes. Me invadió una sensación de insalubridad sofocante, entre basura, desorden y un triste olor que oscurece las fachadas de palacios y edificios reales que algún día hicieron de “Parténope” una ciudad noble. La primera impresión suele ser crucial, pero esta máscara no es digna de Nápoles.

Descubro encantadoras calles estrechas con ropa tendida y estampas de la Madonna que me recuerdan que estoy en una de las ciudades más devotas del país. También la más peligrosa, de las más peligrosas de Europa, seguramente, con tasas de criminalidad escandalosas. Pobreza, delincuencia y todas las miradas hacia el forastero, que camina de puntillas y mide sus pasos a la defensiva.

De repente, Nápoles reparte imágenes genuinas, de película, un regalo para el ojo extranjero. Una fortaleza sobre el mar- el Castel del’Ovo-; un majestuoso templo de la lírica –el Teatro San Carlo-; parques entre mar y montaña –el Vesubio-; claroscuros –“El martirio de Santa Ursula” de Caravaggio-; reuniones familiares en la Piazza Dante y cafés de media tarde bajo las cristaleras de la Galleria Umberto I.

Quizás fue casualidad que en un solo día me topara con tres bodas, a cada cual más peculiar. La primera, en el castillo Sant’Elmo, me causó particular impacto: una novia que respondía al nombre de Monica, vestida de rojo carmín, rubia, con una terriblemente brillante peineta de purpurina y un colorido ramo de flores falsas. Un novio, demasiado delgado para ser napolitano, eclipsado por un padrino vestido de Elvis Presley con un traje cuatro tallas más pequeñas que la suya. El resto de invitados, no más de diez, saltaban de júbilo sin vergüenza y sin disfraz. Hablaban en incomprensible napolitano, pero entendí que su día feliz no necesitaba artificios ni trajes de gala.

Luego llegó el mar. Niños que jamás tendrán miedo a tirarse de cabeza entre las rocas. Padres que fuman, madres que gritan. Adolescentes que reman para algún día irse en busca de un futuro mejor, con la nostalgia de esos veranos interminables en esa ciudad que siempre será suya. Donde los niños crecen mirando al horizonte y los adultos ven el tiempo pasar.

Hornos de leña, pizza de infarto y Capri, una isla preciosa dañada por los abusos del lujo. Un barco que no zarpa a tiempo, un tren sin aire acondicionado, colas sin orden ni concierto, gritos y miradas de asombro ante un carácter que exaspera y hace sonreír.

miércoles, 9 de junio de 2010

Olor a mar, sabor a Italia

Respiro el mar. Florecen recuerdos dulces. Veranos interminables. Un lugar que despierta mis ansias de primavera costera, mis ansias de mar. Es Italia. Pero todo me recuerda que he volado a otro lugar. Carrer Major o Via Carlo Alberto. Banderas conocidas y una lengua medieval. Alghero. Paseo en calma, entre palmeras y corales. Saboreo el ritmo pausado de una ciudad que no entiende de caos ni de tráfico. Un oasis, una diferencia, una curiosidad. Hablo, escucho, me cuentan. Mencionan esa ciudad que tanto amo. Barcelona. Una tierra lejana. Otra realidad.
Pero está cerca, por lo poco o mucho tiene en común con ellos. Lo primero, una lengua. Hablada, deformada con el paso de los siglos, convertida en una salsa de latinismos, sardismos e italianismos. Pero la misma lengua, al fin y al cabo. Y, lo más curioso, es que esa lengua, “la llengua catalana de l’Alguer”, no tiene aquí nada que ver con la política. Mucho con la identidad. Una identidad compartida, una riqueza cultural que unos pocos quieren conservar para evitar que la entierre el paso del tiempo, la ley de vida, el incierto trasvase generacional, la muerte de los padres, de los abuelos. “Porque forma parte de mi vida”, dicen. Porque es nuestra pequeña riqueza.

Puede que, hoy en día, ese tesoro se haya convertido en un atractivo turístico para aquellos que quieran viajar a Italia, comer pasta, ir a la playa y sentirse “como en casa”. O en un instrumento para los isleños que busquen una oportunidad en la metrópoli. Es curioso: hasta hace unos años viajar a Barcelona era una odisea. Pero vino un irlandés y propició que la ruta fuera mucho más sencilla que, por ejemplo, viajar a Cagliari, accesible sólo a través de estrechas carreteras e interminables curvas. Sí, tuvo que venir Ryanair. Antes de tirar por la borda todos los derechos del viajero, ese señor tuvo la genial idea de unir estas dos ciudades mediterráneas y crear un puente de conexiones que difícilmente podrá ser destruido a partir de ahora. Sólo queda potenciarlo.

Volví enamorada de Alghero y de Cerdeña. De sus paisajes, de su espectacular belleza natural. De la humildad de los sardos, a quienes a veces Roma ha dado la espalda, resignados a ser los hermanos pequeños de la monumental Sicilia. Pero sonríen. Encuentran la felicidad en las cosas más pequeñas, que suelen ser las más grandes.



















Aproveché para conocer Palau y la Costa Esmeralda, destino exclusivo de ‘celebrities’. Bonito, sí. Pero un parque temático del lujo, artificial, “plantado” por la opulencia de unos pocos. Un paraíso de ficción. Acondicionado para el elogio de la apariencia.

Me quedo con la emoción de un ‘road trip’ de indescriptible belleza, que me ha hecho nadar entre colores infinitos. Con sabor a Italia. Con olor a verde y a mar. Porque, al margen de unicidades y palabras compartidas, Alghero y Cerdeña tienen algo muy valioso: el mar. Eso que tanto echo de menos y que, para mí, será siempre un sinónimo de felicidad.

lunes, 5 de abril de 2010

Cambio de éxtasis

En Semana Santa, Roma aturde. Mareas humanas circulan por el Vaticano y forman colas interminables en los monumentos de toda la ciudad. Además, un clima post electoral amargo. Me alejo.

Está nublado, pero el cielo brilla. Tren regional. Cuatro horas. Florencia. Verde. Colinas, casas de campo, villas. Huyo del caos. Habrá aluvión turístico en Florencia, me digo. Pero respiro otra ruta, otros paisajes, otras miradas. Anoto un nuevo destino y recuerdo lo mucho que me gusta viajar en tren, lejos de las tumultuosas terminales de los aeropuertos. Troto sobre las vías y retumban los cristales. Chu cu chu, chu cu chu. Leo a Kirmen Uribe.

“Y como los anillos de los peces, los momentos más difíciles van marcando nuestras vidas, hasta convertirse en medida de nuestro tiempo. Los días felices, al contrario, pasan deprisa, demasiado deprisa, y enseguida se desvanecen (...)”

Pienso en una receta; exprimirlos y gozarlos, sin miedo a que queden blindados. Protegerlos bajo algodones suaves, sin astillarlos.

Florencia me recibe entre nubes, pero con sol. Me apresuro a dejar la bolsa de viaje en la que será mi casa por un par de días. Una calle estrecha. Vigas, ventanas de madera y fachadas amarillas. Hora de una pizza al taglio en la piazza del Santo Spirito. A pesar del aluvión, se respira paz. Oigo carruajes, coches de caballo, y siento que he viajado en un túnel del tiempo. Soy un personaje anacrónico en un escenario medieval. En una ciudad ficticia. Desentonan mi gabardina y mis gafas de sol. Pero me integro. Boquiabierta. Me pierdo sin pensar en el deber de ver y abocándome a ese placer sin ataduras.

Tantas veces. Tantas veces había oído hablar de Florencia. Había visto su luz en las películas, había explorado su centro histórico por Internet. Viajé con miedo a la decepción. Sin embargo...

Me cuesta explicar con palabras el escalofrío que siento al llegar a la piazza della Signoria. El corazón empieza a latir fuerte, muy fuerte. Y pierdo el equilibrio entre las alturas del Palazzo Vechio y las esculturas escondidas bajo el pórtico. La fuente de Neptuno y la réplica del David. Inmortales. Me reservo la visita a los Uffizi y a la Accademia para ser capaz de recuperar el habla –y evitar las colas-. Sigo el camino, pausado, sugerido por el anfitrión, residente en Florencia. No hay nada como prescindir de una guía turística.

Y Florencia da más. La catedral. Mis pupilas se deslizan entre los minuciosos dibujos que se forman en la fachada, entre mármoles blanco, verde y rosa. Jamás pensé que pudiera regalarme tal placer estético. Creí que era un premio sólo destinado a una categoría de personas, a una sensibilidad que no me pertenecía. Me quedo extasiada y comprendo a Stendhal.

Muchos dirán que dos días son suficientes para ver Florencia, pero yo tengo la sensación de que son sólo un aperitivo para dibujar un viaje largo. Bromeo con la idea de un “retiro espiritual” cuando subo al Piazzale Michelangelo y no sé hacia dónde mirar. Sobre un cementerio de florentinos ilustres se erige otra joya, San Miniato al Monte, y respiro hondo, nuevamente impresionada por esa fachada perfecta y sus dibujos geométricos. Me embarco en mis sueños cuando me doy la vuelta y estoy sobre los contornos mágicos del horizonte de la ciudad. Sobresalen la cúpula del Duomo y la sinagoga. Fluye el Arno. Se nubla más todavía y empieza a llover. Pero no importa, siempre hay tiempo de bajar.


Saboreo vino de Chianti frente a la basílica de la Santa Croce, donde reposan los restos de genios y visionarios, como Michelangelo y Galileo. Almuerzo entre los estruendos de “Lo scoppio del carro” – “La explosión del carro”- que todos los domingos de Pascua tiene lugar en la plaza de la catedral. No olvido tocar el hocico del Porcellino y regalarle una moneda. Me deslumbro en el Ponte Vecchio con el brillo de las joyerías y la luz que atraviesa sus cristaleras.

Vuelvo al tren. Cae el sol en la Toscana. Abro de nuevo mi libro. Vuelvo a Roma.