Life. Trips. Music. Films. Food. Art. Una mirada al mundo desde mi ventana, inquieta, impaciente, que empezó en mi estancia con la Agencia EFE en Roma. Buscando inspiración en las pequeñas cosas.
viernes, 21 de agosto de 2015
Maletas, mochilas
viernes, 8 de mayo de 2015
Puro arte
miércoles, 25 de febrero de 2015
La paella infalible en Barcelona
martes, 17 de febrero de 2015
Diez planes para 'foodies' en París
Es esa ciudad a la que nunca me canso de volver. Cada viaje es una experiencia única. Cada cierto tiempo, algo suena en mi cabeza y me dice que tengo que ir, de nuevo, a París. Sin querer, se ha convertido en un deseo irreprimible, un vicio, tal vez, teniendo en cuenta lo grande que es el mundo y los muchos lugares que hay que ver. Pero me gusta adentrarme en ella poco a poco, volver a casa con la sensación de que París es, un poco más, mi cómplice. A muchos les costará creerlo, pero yo me siento como en casa. Cuando pongo un primer pie en sus calles me recorre un escalofrío muy difícil de describir, quizá por los recuerdos de los viajes pasados o porque hay mucho de Francia en mí, aunque su pueblo (y en concreto los parisinos) sea, de lejos, el más odiado del viejo continente. Me emociono cuando veo las buhardillas de pizarra, la plaza del Hôtel de Ville, el Pont Neuf, la Place des Vosges o el Boulevard Saint Germain. Y, lo mejor, me es muy difícil elegir un rincón, una imagen, mi lugar especial. Cada uno lo es, y puede serlo de muchas maneras para otros.
La Durée, 16 Rue Royale.
Marché des Enfants Rouges, 39 Rue de Bretagne.
Bar à Iode, 34 Boulevard Saint-Germain.
Café de la Paix, 5 Place de l'Opéra
5. Un menú Michelín a precio de bistrot

Merluza con trigueros de Septime. Abril 2014.
Mosquée de Paris, 39 rue Geoffroy Saint-Hilaire.
"París, la cuna de la baguette", EFETUR.
Le Sarrasin et le Froment, 84-86 rue St-Louis-en-l'Isle
Jardin des Tuileries, abril de 2011.
Una de las cosas que más me llamaron la atención en uno de mis viajes a París es la capacidad de los parisinos para hacer chic hasta lo más banal. Si tenemos la suerte de que París nos premia con un día de sol en primavera, no lo olvidaremos jamás. En uno de esos días de sol de abril, nos perdimos en un paseo por les Tuileries, otro de mis lugares favoritos. Niños, mayores y jóvenes pasaban la tarde en esas sillas de acero verde que rodean las fuentes de los jardines. Otros, sentados en el césped, leían o dormían, y de repente dos chicas se sentaron y sacaron sus dos copas de champagne, con la correspondiente botella, y unos cuantos cuencos que fueron rellenando de tomates cherry, queso cortado y crudités. Un picnic de media tarde, muy estiloso y de lo más apetecible.
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Por casualidad, casi todas las veces que he ido a París, menos por trabajo, ha sido en abril. De algún modo para mí abril es París, un mes en el que he visto la ciudad con mil y un colores. Con sol y lluvia, con frío o incluso calor -recuerdo estar a 27 grados en los jardines del Museo Rodin-.
Para mí, París es belleza, pasión, grandeza y muchas más cosas. Cultura, vanguardia, libertad... Perderse en ella y descubrir sus maravillas provoca un gran placer y una irrefrenable necesidad de volver. Porque en París, lo más hermoso puede estar en lo más simple.
martes, 27 de enero de 2015
La riqueza de lo diferente
sábado, 24 de agosto de 2013
Luces, cámara y acción: la ciudad de los sueños
miércoles, 7 de agosto de 2013
The fine art of Wine Tasting
Dejamos atrás la ciudad y nos adentramos, carretera y manta (no más de trece grados en San Francisco), en un bosque de robles centenarios. Las bodegas se suceden. Hay más de seiscientas, que reciben cada año a cuatro millones de turistas, compitiendo con Francia. El viaje nos invita a perdernos por las carreteras secundarias, sin saber adonde ir, sin rumbo fijo. Lo mejor de los viajes es cuando uno pierde la noción del tiempo y se deja llevar.Incluso para los que no sabemos de vino, disfrutar una buena copa con el sonido de una cascada y el vuelo de las águilas sorteando el valle es una experiencia única. Napa es una reserva natural de California, llena de negocios familiares, aunque la perfección de su paisaje revela que es también una de las zonas más caras para hacer vino. No es casualidad que sus caldos estén entre los mejores del mundo.
Salimos de Napa y subimos hasta Sonoma, Santa Helena y Calistoga. Aquí es época de bodas, nos encontramos con más de una en los recónditos castillos. En algunos, el turismo es una maquinaria que funciona a la perfección, aunque en ocasiones se pierde la esencia de la exclusividad que el lugar pretende ofrecer. Napa también se puede conocer en avión, en globo o en tren. Muchos domingueros sanfranciscanos deciden perderse por la zona en coche, con largas colas en la carretera de vuelta. Por eso seguimos perdiéndonos entre el paisaje. Nos encontramos de frente con el excéntrico Castello di Amorosa, una construcción de coste estratosférico, impulsada por un millonario italiano.
El castillo tiene solo veinte años, pero todos los detalles trasladan a la época medieval. Se puede pasar la noche por un módico precio de 1.500 dólares.
Lemon Tree
Despliego la persiana de mi habitación y abro la ventana. Huele a romero, a eucalipto y a limón. Suele estar nublado en Berkeley, por la mañana, pero a mediodía se abre el cielo y sale el sol. Al parecer las corrientes del Pacífico en la Bahía de San Francisco producen n clima muy particular en la zona, hacen que el verano no llegue realmente hasta septiembre-octubre y que el vapor del agua se convierta en una intensa niebla, baja, a menudo incómoda y fantasmagórica. Cuando la niebla desaparece la sensación térmica mejora y los días pueden ser simplemente maravillosos.martes, 6 de agosto de 2013
Welcome to America
Llegué a Berkeley cinco horas más tarde de lo previsto, a causa de unas inundaciones al parecer inéditas en el aeropuerto de Pensilvania, que me dejaron sin maleta durante cinco días y prácticamente sin ropa cuando logré tener contacto físico con la misma, porque todo llegó a mis manos en mal estado. América me dio la bienvenida peleándome con una compañía aérea y con la sensación de que la democracia más próspera del mundo es una falacia.
Rainfalls in Philadelphia Airport.
Al día siguiente, Rob y su hijo, Sam, tenían que conducir catorce horas hasta Seattle, donde iban a acampar el fin de semana, así que la sobremesa no se prolongó más allá de medianoche. Tres nacionalidades juntas. Europa y América unidas por una mesa, por una buena comida y una buena charla. Esa noche empecé a sentirme como en casa.
sábado, 14 de agosto de 2010
Claroscuro
Descubro encantadoras calles estrechas con ropa tendida y estampas de la Madonna que me recuerdan que estoy en una de las ciudades más devotas del país. También la más peligrosa, de las más peligrosas de Europa, seguramente, con tasas de criminalidad escandalosas. Pobreza, delincuencia y todas las miradas hacia el forastero, que camina de puntillas y mide sus pasos a la defensiva.
De repente, Nápoles reparte imágenes genuinas, de película, un regalo para el ojo extranjero. Una fortaleza sobre el mar- el Castel del’Ovo-; un majestuoso templo de la lírica –el Teatro San Carlo-; parques entre mar y montaña –el Vesubio-; claroscuros –“El martirio de Santa Ursula” de Caravaggio-; reuniones familiares en la Piazza Dante y cafés de media tarde bajo las cristaleras de la Galleria Umberto I.
Quizás fue casualidad que en un solo día me topara con tres bodas, a cada cual más peculiar. La primera, en el castillo Sant’Elmo, me causó particular impacto: una novia que respondía al nombre de Monica, vestida de rojo carmín, rubia, con una terriblemente brillante peineta de purpurina y un colorido ramo de flores falsas. Un novio, demasiado delgado para ser napolitano, eclipsado por un padrino vestido de Elvis Presley con un traje cuatro tallas más pequeñas que la suya. El resto de invitados, no más de diez, saltaban de júbilo sin vergüenza y sin disfraz. Hablaban en incomprensible napolitano, pero entendí que su día feliz no necesitaba artificios ni trajes de gala.
Luego llegó el mar. Niños que jamás tendrán miedo a tirarse de cabeza entre las rocas. Padres que fuman, madres que gritan. Adolescentes que reman para algún día irse en busca de un futuro mejor, con la nostalgia de esos veranos interminables en esa ciudad que siempre será suya. Donde los niños crecen mirando al horizonte y los adultos ven el tiempo pasar.
Hornos de leña, pizza de infarto y Capri, una isla preciosa dañada por los abusos del lujo. Un barco que no zarpa a tiempo, un tren sin aire acondicionado, colas sin orden ni concierto, gritos y miradas de asombro ante un carácter que exaspera y hace sonreír.
miércoles, 9 de junio de 2010
Olor a mar, sabor a Italia
Puede que, hoy en día, ese tesoro se haya convertido en un atractivo turístico para aquellos que quieran viajar a Italia, comer pasta, ir a la playa y sentirse “como en casa”. O en un instrumento para los isleños que busquen una oportunidad en la metrópoli. Es curioso: hasta hace unos años viajar a Barcelona era una odisea. Pero vino un irlandés y propició que la ruta fuera mucho más sencilla que, por ejemplo, viajar a Cagliari, accesible sólo a través de estrechas carreteras e interminables curvas. Sí, tuvo que venir Ryanair. Antes de tirar por la borda todos los derechos del viajero, ese señor tuvo la genial idea de unir estas dos ciudades mediterráneas y crear un puente de conexiones que difícilmente podrá ser destruido a partir de ahora. Sólo queda potenciarlo.
Volví enamorada de Alghero y de Cerdeña. De sus paisajes, de su espectacular belleza natural. De la humildad de los sardos, a quienes a veces Roma ha dado la espalda, resignados a ser los hermanos pequeños de la monumental Sicilia. Pero sonríen. Encuentran la felicidad en las cosas más pequeñas, que suelen ser las más grandes.
lunes, 5 de abril de 2010
Cambio de éxtasis
Está nublado, pero el cielo brilla. Tren regional. Cuatro horas. Florencia. Verde. Colinas, casas de campo, villas. Huyo del caos. Habrá aluvión turístico en Florencia, me digo. Pero respiro otra ruta, otros paisajes, otras miradas. Anoto un nuevo destino y recuerdo lo mucho que me gusta viajar en tren, lejos de las tumultuosas terminales de los aeropuertos. Troto sobre las vías y retumban los cristales. Chu cu chu, chu cu chu. Leo a Kirmen Uribe.
“Y como los anillos de los peces, los momentos más difíciles van marcando nuestras vidas, hasta convertirse en medida de nuestro tiempo. Los días felices, al contrario, pasan deprisa, demasiado deprisa, y enseguida se desvanecen (...)”
Pienso en una receta; exprimirlos y gozarlos, sin miedo a que queden blindados. Protegerlos bajo algodones suaves, sin astillarlos.Florencia me recibe entre nubes, pero con sol. Me apresuro a dejar la bolsa de viaje en la que será mi casa por un par de días. Una calle estrecha. Vigas, ventanas de madera y fachadas amarillas. Hora de una pizza al taglio en la piazza del Santo Spirito. A pesar del aluvión, se respira paz. Oigo carruajes, coches de caballo, y siento que he viajado en un túnel del tiempo. Soy un personaje anacrónico en un escenario medieval. En una ciudad ficticia. Desentonan mi gabardina y mis gafas de sol. Pero me integro. Boquiabierta. Me pierdo sin pensar en el deber de ver y abocándome a ese placer sin ataduras.
Tantas veces. Tantas veces había oído hablar de Florencia. Había visto su luz en las películas, había explorado su centro histórico por Internet. Viajé con miedo a la decepción. Sin embargo...
Me cuesta explicar con palabras el escalofrío que siento al llegar a la piazza della Signoria. El corazón empieza a latir fuerte, muy fuerte. Y pierdo el equilibrio entre las alturas del Palazzo Vechio y las esculturas escondidas bajo el pórtico. La fuente de Neptuno y la réplica del David. Inmortales. Me reservo la visita a los Uffizi y a la Accademia para ser capaz de recuperar el habla –y evitar las colas-. Sigo el camino, pausado, sugerido por el anfitrión, residente en Florencia. No hay nada como prescindir de una guía turística.
Y Florencia da más. La catedral. Mis pupilas se deslizan entre los minuciosos dibujos que se forman en la fachada, entre mármoles blanco, verde y rosa. Jamás pensé que pudiera regalarme tal placer estético. Creí que era un premio sólo destinado a una categoría de personas, a una sensibilidad que no me pertenecía. Me quedo extasiada y comprendo a Stendhal.
Muchos dirán que dos días son suficientes para ver Florencia, pero yo tengo la sensación de que son sólo un aperitivo para dibujar un viaje largo. Bromeo con la idea de un “retiro espiritual” cuando subo al Piazzale Michelangelo y no sé hacia dónde mirar. Sobre un cementerio de florentinos ilustres se erige otra joya, San Miniato al Monte, y respiro hondo, nuevamente impresionada por esa fachada perfecta y sus dibujos geométricos. Me embarco en mis sueños cuando me doy la vuelta y estoy sobre los contornos mágicos del horizonte de la ciudad. Sobresalen la cúpula del Duomo y la sinagoga. Fluye el Arno. Se nubla más todavía y empieza a llover. Pero no importa, siempre hay tiempo de bajar.
Vuelvo al tren. Cae el sol en la Toscana. Abro de nuevo mi libro. Vuelvo a Roma.













