Life. Trips. Music. Films. Food. Art. Una mirada al mundo desde mi ventana, inquieta, impaciente, que empezó en mi estancia con la Agencia EFE en Roma. Buscando inspiración en las pequeñas cosas.
martes, 27 de enero de 2015
La riqueza de lo diferente
jueves, 30 de diciembre de 2010
Arrivederci
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Doppia faccia
Pienso en el doble rostro de Roma. Pasear por ella es viajar a las emociones más extremas. Sus cuestas, sus baches o sus encantadores y a la vez incómodos “sampietrini”, son sólo una pequeña parte visible de su inagotable repertorio de incoherencias y contrastes, que sorprenden al turista y golpean al ciudadano.
Pienso en el impacto que sentí al ver por primera vez los Foros Imperiales y en el trozo de Domus Áurea que se cayó y aún no ha sido restaurado; en la Fuente de los Cuatro Ríos y el repertorio obsoleto de los músicos de la plaza; en el olor a pizza, o a café, y el de la humedad que se pega a los cristales de mis ventanas; en la alegría que respiro en cualquier trattoria y la amargura que revela siempre alguien en cualquier autobús.
Pienso que Roma tiene dos miradas, pienso en la profesora de universidad que esta mañana decía que quería marcharse de la ciudad, con resignación y nostalgia porque indefectiblemente la ama. Pienso en el conductor del autobús, que también esta mañana decidió vaciar el vehículo porque había oído rumores de una manifestación estudiantil en Termini y pensó que no era buena idea seguir su recorrido. Pienso en la vecina que me abrió las puertas de su casa cuando se me estropeó el pasapurés y en los gritos que retumban en el primer piso cuando entro en el ascensor. Pienso en ese cartel antológico que alerta del peligro de su uso: “Chi si serve dell’acensore lo fa a suo uso e pericolo” –quien se atreva a subir asume las consecuencias-.
Pienso que, en realidad, todas las ciudades tienen dos caras y muchas más. Yo he visto dos caras de Roma, pero a partir de ahora la miraré de perfil. Le daré las gracias por sus golpes y regalos, seguiré asomándome al balcón y miraré atónita la cúpula de la iglesia de Santa Agnese cuando caiga el sol. Pronto me despediré de la plaza con un hasta luego. Volveré a buscarla algún día, volverá ella a mí. Y me acompañará siempre.
domingo, 19 de septiembre de 2010
Estados de ánimo
Las ciudades tienen estados de ánimo. Una pose y un humor que en Roma, a menudo, dependen de su cielo.
En septiembre Roma se reorganiza. Poco a poco, las desérticas calles del Ferragosto se van repoblando. El silencio del verano recupera escalonadamente su sonido habitual, el del ruido de bocinas y motos. Ruido de caos. Las tiendas vuelven a abrir, los autobuses se abarrotan de gente. Se forman colas en los bares.
En septiembre vuelven el trabajo y el ritmo alocado de la capital. Los días frenéticos, la rutina. Pero el estado de ánimo es variable, porque aún quedan los últimos coletazos del verano. Un cielo gris puede volverse azul en un abrir y cerrar de ojos. Una noche oscura puede iluminarse con el destello más inesperado.
De repente el cielo se mueve. Se queja y se confunde entre el sol y la amenaza permanente de una tormenta. Cae la tarde y sopla el viento. Los árboles aúllan. No habrá más lluvias.
En septiembre a veces huele a tierra mojada. Y a veces las cosas cambian de color. Es de noche en Villa Borghese y vuelvo a un teatro revitalizado. Es mágico. Brilla más que la otra vez. Ha cambiado el cartel, con el mismo genio. Me regala un guiño. “La vida es una historia contada por un idiota, una historia llena de estruendo y furia, que nada significa”. Y Roma sonríe.
lunes, 16 de agosto de 2010
Versos de madera
Todo esto lo encontré hace unos días en ese lugar escondido, un palacete de madera pintado de blanco como en un cuento de los hermanos Grimm. Entre los árboles de este parque se dibuja un teatro mágico para amenizar las noches de verano con versos de Shakespeare. Idéntico al que escuchó muchos de sus versos por primera vez y que él mismo recitaba con los miembros de su compañía.
Ellos eran “The Lord Chamberlain’s Men” y el teatro era “The Globe”, actualmente –desde que fue reconstruido- una de las mayores atracciones turísticas de Londres.
En esta villa romana, “The Globe” tiene una copia casi exacta. Y en ella viajé en el tiempo, a ritmo de panderetas y tambores, entre risas de bufones y caballeros malvados. Caí en la tentación de pensar si habrían cambiado tanto las cosas desde aquel entonces. Desde que el Globo fuera un lugar de encuentro para amantes furtivos, donde sólo actuaban hombres y adolescentes disfrazados de mujer.
"Mucho ruido y pocas nueces", William Shakespeare (1600)
lunes, 17 de mayo de 2010
Días de sol y lluvia
Y en el mes de mayo el corazón de Roma se abre como el del más susceptible enamorado. Se deja ver, se deja oler, se deja tocar. Y su corazón es blando, impredecible. Se despierta, late, brilla, ríe. Llora. Son días de sol y lluvia. Sus rincones se vacían y se llenan, sin razón y por impulso.
De día, el gentío convierte Via del Corso, la calle más grande de la ciudad, en un lugar intransitable. Pero, igual que a veces hay que respirar hondo para entender lo indescifrable, adentrarse en el corazón de Roma requiere tiempo y ganas. Abocarse a las puertas secretas de esa calle, sin rumbo, es aterrizar en un sinfín de lugares, en innumerables oasis de belleza que penetran en la retina de uno como una flecha lanzada por cupido. Y me atrevo a decir que para siempre.
Si uno supera el trasiego inicial –esquivar coches, autobuses, cruzar entre el caos y perderse entre la masa de turistas- todo lo que viene después es impagable. Trazar un itinerario no tendría sentido. El recorrido es libre. La intuición es la premisa.
Cada vez que aterrizo en Vía del Corso desde Piazza Venezia, me cuesta pensar adónde ir. Me detengo como un forastero sin mapa, desorientada por mi propia incapacidad de trazar un camino lógico.
A veces tomo Via dell’Umiltà, donde se encuentra la sede de la “stampa estera”, centro de periodistas extranjeros y ruedas de prensa. Callejeo. Me sorprendo cada vez que llego a la Fontana di Trevi. Me hipnotiza el estruendo del agua. Me irrita la mercadotecnia turística, la insistencia en el consumo de objetos inútiles de ruido estridente. Pero nada ni nadie pueden romper la magia de ese lugar, al que estos días he acudido reiteradamente con la agradable excusa de alguna visita.
El mes de mayo también es el mes de las visitas, porque -claro está- la belleza de la primavera romana no es ninguna novedad. Y me sorprendo al hacer de guía en esta ciudad que, a veces, se resiste a hacerse mía. Que me sonríe y me trastorna. Pero empiezo a quererla.
El paseo puede seguir. Piazza di Spagna queda a pocos pasos y, no mucho más lejos, Piazza del Popolo y su panorama desde el Monte Pincio, que conviene disfrutar al atardecer. Pero Roma obliga a dosificar, a elegir. Cultiva la paciencia. El plan “b” es girar a la izquierda, atravesar Piazza de Sant’Ingazio o la imponente Piazza Colonna. Descubrir iglesias, pequeños comercios, cafés, “pizzerie”... A ese lado quedan el Templo de Adriano, el Panteón y Piazza Navona.
viernes, 14 de mayo de 2010
El mosaico de Ozpetek contra el prejuicio
Salí del cine con una sensación indescriptible de consuelo. De entrada, podría decirse que “Mine vaganti” trata de la homosexualidad. Detrás de ese telón y de un tono de comedia se esconden decenas de reflexiones sobre la Italia actual, sobre los prejuicios, la apariencia, las relaciones humanas, el sentido del error. El miedo a dejar de ser o a ser lo que uno realmente es. La perdurabilidad de las emociones. La insolencia de “lo normal”. La aceptación.
Ozpetek presenta, en la ciudad de Lecce, a una familia burguesa propietaria de una fábrica de pasta legendaria. Un cuadro que puede darse en muchos pueblos del sur de Italia, al que sólo se puede reprochar cierta insistencia en el tópico, porque, por encima de eso, es un mosaico que arroja luz a cualquier zona geográfica.
En ese plano irrumpen cuestiones universales, preguntas con o sin respuesta y personajes perfectamente perfilados: un matrimonio "convencional", protagonizado por un padre incapaz de enfrentarse a su propia intolerancia; una abuela entregada a la libertad que no supo disfrutar de joven; una cuñada que se regala toneladas de nostalgia para aliviar su soledad y dos hijos que se debaten entre confesar su homosexualidad o sufrir en silencio. El final, si es que lo hay, queda abierto a interpretaciones y a ese interrogante que, para cada uno, es la vida en sí misma.
Todo un logro, en una Italia que se resiste a mirar hacia delante, que desmonta prejuicios y empuja a dejarse llevar como una mina.
“Mine vaganti” –Minas vagantes- se adentra en lo impredecible de la vida, en el descubrimiento de uno mismo, en la dificultad de la renuncia. Y sus diálogos golpean fuerte para recordarnos la esencia de lo que somos.
sábado, 24 de abril de 2010
Tormenta musical
No eran carreras de cuadrigas las que congregaron ayer a miles de personas, sino un concierto para celebrar el “Día de la Tierra”. Y, después de un día espléndido, el planeta quería gritar. Una fuerte tormenta obligó a algunos a rendirse ante esos vendedores ambulantes que aparecen siempre dispuestos a vender el artilugio más –o menos- propicio: a veces mecheros, trípodes, bolsos... Ayer, paraguas. Muy acertado, para qué negarlo.
Nada más que un encuentro con un buen amigo merecía un plan tan descabellado, entre ruinas y bajo raudales de agua. Pero, por suerte y casi por arte de magia, la tormenta se esfumó al escuchar el timbre de Pino Daniele. Un polifacético napolitano que se dice cantante de blues y guitarrista autodidacta.
Ayer descubrí que este señor puede hechizar a cualquiera, hasta al menos sentimental y aun a falta de cielos estrellados. Más todavía en ese lugar sumergido entre dos colinas, donde su voz fue proyectada al infinito por una maravillosa acústica.
No estaba el saxo de Wayne Shorter, con quién ha grabado piezas como “Toledo”, cuyo descubrimiento comparto más abajo. Pero mis tímpanos aún tienen registrados los tonos agudos de esta voz, que se ha ganado todo mi respeto. Cierto es que si uno se encuentra con él por la calle jamás pensaría que es capaz de emitir semejante silbido.
Hay veladas en las que Roma puede brillar. La de anoche la cerraron los británicos Morcheeba, con la envolvente voz de su cantante original, Skye Edwards. Entonó su mayor hit para decir algo que esta ciudad tiene muy claro, pero que a veces, por impaciencia, se nos olvida.
jueves, 8 de abril de 2010
Silencio
Cosas pequeñas como ésta me llevan a pensar que, además de una ciudad maravillosa, Roma es una ciudad-pueblo que se mira el ombligo sin la ambición de alzar la vista.
Llevo poco tiempo en Italia para comprender y mucho menos para juzgar. Poco a poco voy dibujando el esquema de las fuerzas políticas, de la historia y del presente del país. A veces ayuda hablar con gente del lugar. Pero también preocupa: ni siquiera los propios italianos, aquellos que sí alzan la vista, son capaces de explicar –ni de explicarse- el porqué del arcaísmo, del silencio, del vacío o del entramado legal que favorece a un sistema disfrazado de democracia.
Afortunadamente, no todos esperan en la puerta de Palazzo Grazzioli. Hoy llegué a la delegación, tuve el placer de escribir esta noticia (http://www.elmundo.es/elmundo/2010/04/07/cultura/1270660000.html) y descubrir que, entre tanta indiferencia, hay gente que lucha contra la impunidad.
Sabina Guzzanti aparece justo a tiempo. Ayer se cumplió un año del terremoto de Los Abruzos. Además de cobrarse 308 vidas, el seísmo devastó gran parte del patrimonio cultural de L’Aquila, el epicentro del desastre. Una ciudad medieval que al parecer es una pequeña joya arquitectónica. O lo era, porque sus habitantes aún no han visto cumplidas las promesas de reconstrucción y viven entre grietas. Eso enciende más preguntas.
Para colmo, ¡hace unos días se desplomó un trozo de la Domus Áurea!
Sólo pienso en voz alta, construyo mi esquema. Busco respuestas. Y me fascina, por ejemplo, que Italia sea el país con más lugares declarados “Patrimonio Cultural de la Humanidad” por la UNESCO. Pero, ¿de verdad eso importa a alguien?
martes, 16 de marzo de 2010
Después del caos llega la calma
Días antes pude aprovechar unos pocos rayos de sol y pasear hasta Piazza del Popolo, Subir al Monte Pincio y sentir entre charlas las energías de Villa Borghese, aún pendiente de descubrir sus maravillas artísticas. Disfrutar de la paz de su jardín infinito, bucólico, lleno de olores suaves y rincones remotos.

Aunque muchos suben a pie, los coches se amontonan a sus puertas. Familias que dejan atrás el caos, para perderse entre turistas –¡cada vez son más!-, deportistas abstraídos y juegos de niños. Entre flores, brisas y sabor a libertad. Soñar para seguir soñando, en bici o a caballo. Bajo un árbol, con un libro. Sin prisa... Sin miedo a la lógica de lo irreal, sin temer a una ciudad tan compleja como amable. Legendaria, desquiciada, fantasmal y soñadora. Roma...
viernes, 26 de febrero de 2010
Pescar también es posible en la fuente de los deseos
Aunque la lluvia no le resta ni un ápice de encanto, aproveché unos engañosos rayos de sol para detenerme frente a ella. Para sentarme en esa escalinata que reclama permanentemente la atención de los espectadores, tanto como el semicírculo de un teatro romano. Y, -¡Cuidado!- si uno se mete en el papel, puede que los caballos y tritones cobren vida animada. El espectáculo es gratis.
Más de algún atrevido se ha lanzado a las frías aguas de este espacio escénico para declarar su amor y todo el que pasa por ellas se rinde a la leyenda de “la fuente de los deseos” para tirar una, dos o hasta tres monedas. Para volver a la Ciudad Eterna, enamorarse o casarse en ella. Monedas que, en teoría, se destinan a obras de caridad. Pues bien: contemplé la escena una y otra vez, aturdida por el imprescindible clic de las cámaras de fotos que se alistan sin pausa para captar la instantánea de cada mítico lanzamiento. Pero el espectáculo llegó a su punto más álgido cuando todas las miradas, con envidia o recelo, observaban el movimiento de un artilugio que se bañaba en el pequeño estanque.
Segundos antes, un hombre había desenfundado una caña de pescar. Todos se preguntaban qué hacía, ese señor, sonriente, que parecía tener mucho que ganar y nada que perder. Se hizo el silencio. Su brazo derecho se movía cuidadosamente para dirigir el anzuelo sin desintegrar a la presa. Con calma.
Quizás muchos creyeron ver a un pez. Lo que está claro es que el señor creyó haber pescado a un pez gordo cuando se hizo con ese salmonete en forma de billete de diez euros en el que, con mucha perspicacia, había reparado. Le salió del alma una gran carcajada que paralizó a todas las miradas atónitas.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Passeggiata
viernes, 5 de febrero de 2010
El engaño de una obra de arte
domingo, 31 de enero de 2010
viernes, 29 de enero de 2010
Redecorando
Llegué a casa cubierta hasta la cabeza por el contenido de esas bolsas ecológicas. Se rompieron a cien metros de mi portal, pero gracias a un hombre que acudió a mi llamada de socorro en forma de indescriptibles gestos pude transportarlas hasta el ascensor. Volvía de Ikea.
Empezó el ritual de colocar cosas, edredón, funda de edredón, cojines y demás artilugios de dudosa utilidad. Como un farolillo con estrellas porta-velas que no pude evitar comprar en ese lugar hecho a medida del más débil consumidor. –“¿Redecora tu vida?”-. Fui al cine a ver a un graciosísimo Jude Law doblado al italiano, ante la complejidad de encontrar un cine en versión original.
El tiempo no mejora, pero no renuncio a disfrutar de los espacios cerrados. Me quedé boquiabierta con las inverosímiles apariciones de “Supermagic 2010”. Un festival de magia. Un cuento que hablaba de sueños y deseos. Un hada... Sonrisas.
Me llevaron a descubrir el barrio de Testaccio, su vida nocturna. Una improvisada visita al “Oasi della birra” y un concierto en el pequeño teatro “Cometa off”. Allí nos esperaba Pierluigi Colantoni, con un cargamento de instrumentos –precioso violonchelo- y un recital de “Soluzioni co-abitative” descabelladas hasta límites insospechados. Locura máxima. ¡Y todo cobró sentido! No podía parar de reír cuando Pierluigi decía...
viernes, 22 de enero de 2010
Pranzo
Una extraña energía me arrastró al claustro. Ahí estaba, entre frescos. Perfecto mármol, embriagado por el olor a incienso. Perfecto Cristo redentor, con su perfecta pose. Michelangelo. Roma... Regala maravillas escondidas. A cada paso.
domingo, 17 de enero de 2010
Porta Portese
Un fin de semana de cuidado reposo a causa de mi doloroso primer encuentro con los “sampietrini” romanos –las baldosas irregulares que pavimentan la ciudad- no me ha impedido aprovechar la mañana de domingo y acercarme a conocer el mítico mercado Porta Portese del barrio de Trastevere, que me enamora por momentos. Una hilera de tenderetes se extiende cuesta arriba y cuesta abajo entre callejuelas laberínticas, donde artesanos, turistas y algún loco desorientado caminan sin rumbo.
Ahí se reúnen, desde primera hora de la mañana, miles de puestos para todos los gustos y colores, con vendedores a menudo extravagantes que se disponen a atrapar a cualquier coleccionista de antigüedades, a fetichistas, mitómanos o curiosos. Ahí se pierden, observan, regatean y fisgonean cada domingo centenares de viandantes. Y, contra todo pronóstico, tras caminar unos metros he podido comprobar que muchos también compran cosas de lo más inverosímil.
Un lugar encantador hecho para hurgar sin prisa entre cajas de cartón y polvo acumulado, donde cualquier compra exigirá posteriormente una exhaustiva operación de higiene.
Sampietrini incluidos logré pasear, mirar boquiabierta los mosaicos de la basílica Santa Maria in Trastevere y regalarle a mi paladar una rica lasagna en el también hoy descubierto Carlomenta, uno de esos restaurantes con mantel de cuadros que no entiende la separación entre mesas.
sábado, 16 de enero de 2010
Lluvia romana
Un mundo en sí mismo que invita a perderse entre sus encantos. A erizar el vello de cualquiera que se pare a contemplar esas figuras esculpidas en varias dimensiones. Brillan a pesar de la oscuridad y encajan a la perfección. Recrean un duelo de genios.
La lluvia cae cada vez más fuerte. Me doy la vuelta y sólo veo una puertecita verde entre tiendas de souvenirs. Presiono uno de los interruptores dorados del portero automático y de repente estoy ahí: frente a ese balcón, frente a una Piazza Navona aturdida por los puestos navideños y aún más elegante y esbelta de lo que recordaba.
Tras una pequeña visita a mi nuevo lugar de trabajo comienzo la difícil tarea de buscar piso. Quizás un techo provisional en el que aposentarme o algo parecido a un “hogar”. Encuentro una habitación luminosa y amplia, un poco lejos del centro. Pero el inmenso Coliseo me regala una mirada todas las mañanas. Y quiero caer en la tentación de cambiar el segundo autobús por un paseo.
Aún en proceso de instalación, la lluvia romana me llena de extrañas sensaciones. Inquieta por la soledad de las calles oscuras, por un futuro incierto, por los dos mil kilómetros que me separan la ciudad que he dejado atrás. También, sin poder evitarlo, siento que estoy cerca, que no me he ido. Que estoy rodeada de decorados de cartón-piedra. Y me pregunto si aprenderé a vivir entre tantas toneladas de caos y armonía.



