domingo, 17 de enero de 2010

Porta Portese

                                                          Carlomenta, Trastevere. Roma.

Un fin de semana de cuidado reposo a causa de mi doloroso primer encuentro con los “sampietrini” romanos –las baldosas irregulares que pavimentan la ciudad- no me ha impedido aprovechar la mañana de domingo y acercarme a conocer el mítico mercado Porta Portese del barrio de Trastevere, que me enamora por momentos. Una hilera de tenderetes se extiende cuesta arriba y cuesta abajo entre callejuelas laberínticas, donde artesanos, turistas y algún loco desorientado caminan sin rumbo.

Ahí se reúnen, desde primera hora de la mañana, miles de puestos para todos los gustos y colores, con vendedores a menudo extravagantes que se disponen a atrapar a cualquier coleccionista de antigüedades, a fetichistas, mitómanos o curiosos. Ahí se pierden, observan, regatean y fisgonean cada domingo centenares de viandantes. Y, contra todo pronóstico, tras caminar unos metros he podido comprobar que muchos también compran cosas de lo más inverosímil.

Baratijas, ropa de segunda mano –desde abrigos de visón a zapatillas usadas-, viejas muñecas de porcelana abandonadas por alguna niña aburguesada, cosméticos, herramientas, relojes de madera, teléfonos escacharrados, discos de vinilo, periódicos centenarios, cuadros falsos...

Un lugar encantador hecho para hurgar sin prisa entre cajas de cartón y polvo acumulado, donde cualquier compra exigirá posteriormente una exhaustiva operación de higiene.

Sampietrini incluidos logré pasear, mirar boquiabierta los mosaicos de la basílica Santa Maria in Trastevere y regalarle a mi paladar una rica lasagna en el también hoy descubierto Carlomenta, uno de esos restaurantes con mantel de cuadros que no entiende la separación entre mesas.

sábado, 16 de enero de 2010

Lluvia romana

Llego a la Ciudad Eterna y me cuesta ser consciente de todo lo que veo. De todo lo que me va a acompañar durante los próximos meses. Miro y me angustia no poder ver nada a través de las espesas cortinas de agua formadas por la lluvia. Una lluvia insistente, constante. Muy fuerte. Hace resbaladizas las calles adoquinadas y acorrala al forastero entre el arte y el aire que respira en ellas. Entro en la “picola” via dei Canestrari. Vuelvo atrás, avanzo de nuevo, a hurtadillas y... La veo. Es Piazza Navona.

Un mundo en sí mismo que invita a perderse entre sus encantos. A erizar el vello de cualquiera que se pare a contemplar esas figuras esculpidas en varias dimensiones. Brillan a pesar de la oscuridad y encajan a la perfección. Recrean un duelo de genios.

La lluvia cae cada vez más fuerte. Me doy la vuelta y sólo veo una puertecita verde entre tiendas de souvenirs. Presiono uno de los interruptores dorados del portero automático y de repente estoy ahí: frente a ese balcón, frente a una Piazza Navona aturdida por los puestos navideños y aún más elegante y esbelta de lo que recordaba.

Tras una pequeña visita a mi nuevo lugar de trabajo comienzo la difícil tarea de buscar piso. Quizás un techo provisional en el que aposentarme o algo parecido a un “hogar”. Encuentro una habitación luminosa y amplia, un poco lejos del centro. Pero el inmenso Coliseo me regala una mirada todas las mañanas. Y quiero caer en la tentación de cambiar el segundo autobús por un paseo.

Aún en proceso de instalación, la lluvia romana me llena de extrañas sensaciones. Inquieta por la soledad de las calles oscuras, por un futuro incierto, por los dos mil kilómetros que me separan la ciudad que he dejado atrás. También, sin poder evitarlo, siento que estoy cerca, que no me he ido. Que estoy rodeada de decorados de cartón-piedra. Y me pregunto si aprenderé a vivir entre tantas toneladas de caos y armonía.